viernes, 25 de agosto de 2017

La treta del brujo

Imagen relacionadaAquella mirada ya no era de pena, de una nostalgia demoledora y sin fin, ahora miraba de otra manera, había alegría en ella porque ahora lo tenía frente a él. Sus ojos se enternecieron como diciéndole “acércate no temas, no temas, ven hacia mi lecho”, mientras Modesto, el jovencito de dieciocho años ya, lo contemplaba con cariño y tristeza a la vez desde la puerta del cuarto aquel.
Un mes hacía que subieron a empujones a ese hombre de treinta y tres años, lo subieron hasta el asiento trasero de un taxi rumbo al hospital más popular de Trujillo. Tres años que vivía paralítico, de la noche a la mañana su aspecto arrogante de casi terrateniente se tornó deprimido y con aspecto de muerte, después de tres años de haberse casado con la muchachita aquella de la diezmada comarca serrana arriba de Chimbote.

Fernando Ramírez se llamaba y era el tercero de seis hermanos vivos, y a ella, su reciente esposa, la llamaban Celidonia. Celidonia venía de un hogar muy pobre, sus padres no habían terminado siquiera la educación primaria, y ella, ni cuenta se dio que llegó al último grado primario. Los hermanos de Fernando y demás familiares, con excepción de Modesto, el leal y huérfano sobrino hijo de la difunta hermana, en primera instancia no aprobaron aquella relación, pero después de deliberar creyeron que aquella campesina sería una gran compañera para Fernando en las operaciones de labranza en un pequeño fundo de los hermanos Ramírez, aledaño a la rústica vivienda de Celidonia. En cambio la familia de Celidonia se mostraba entusiasmada con aquella unión, ya que significaba tener por lo menos asegurada la comida, y además, contarían con una casa no mal parecida en el mismo y pequeño pueblo, cercano a la comarca, para hospedarse por lo menos en épocas de fiesta, una posibilidad remota hasta entonces para ellos.

Así que, mientras la familia de Celidonia ambicionaba las propiedades que ostentaba Fernando, los hermanos de Fernando veían a futuro reverdecer las chacras de propiedad familiar con el concurso de la campesina y los familiares de ella, que bien se darían con empeño trabajando las parcelas de cultivo que conducía Fernando. Los hermanos de Fernando, con atavismos de terratenientes, vivían en Chimbote y utilizaban la casa del pueblo y el pequeño fundo nada más que para ostentar durante las fiestas patronales. Modesto, el sobrino huérfano, hacía de mandadero, y entonces con Fernando ya casado su condición de marginado se agravó, tenía que hacerse pedazos para complacer a la nueva familia de su tío y, además, salir victorioso en las pruebas del colegio. Así que Fernando, para complacer a su nueva familia, tuvo que prescindir del sobrino y este fue a dar a la casa de unos tíos lejanos hasta terminar la educación secundaria.

La familia de celidonia no veía con buenos ojos la gallardía de Fernando, “nos mira para abajo”, y empezaron a maquinar acciones de venganza, la suegra llevaba la batuta, cómo pues podrían tener un miembro de familia así, se sentían disminuidos con aquella gallardía, aunque Fernando jamás los marginó, ellos así lo sentían.
Resultado de imagen para hombre gallardo galán rancheroY en aquel mundo donde la desgracia de unos es la felicidad de otros, justamente en la fiesta patronal del pueblo y tres años después que Fernando y Celidonia se casaron, en una esquina de la Plaza de armas se ubicó un curandero con polvos, brebajes y sebos de todos los reptiles, con cuerpos presentes disecados y mal olientes por tanto petróleo recibido como lustre. Que el sebo del lagarto es bueno para tanto, que el sebo de la maldita boa, de la shushupe, del corralillo, ¡oye!, ¡mira ve!, si te duele la espalda y las rodillas solo tienes que coger un poco de este sebo de culebra. ¡Mira ve!, lo coges así, ¡mira ve!, en los dedos, ¡mira ve!, y lo calientas en las llamas de una vela o en una callana con brazas y te frotas así, ¡mira ve!, hasta que el sebo desaparezca, ¡mira ve!, ¡y adiós a los dolores!. Y si no tienes suerte en los negocios, no tienes suerte en el amor, te sientes triste, así, ¡mira ve!, es porque brujería te han hecho, tierra de muerto has pisao. ¡Mira ve!, hay gente mala que te tiene envidia, y para verte como estás van hasta el cementerio, ¡mira ve!, a la media noche, ¡mira ve!, y cavan y cavan hasta encontrar el muerto, le quitan los huesos de las canillas y los muelen hasta que quedan polvo, ¡y eso es la tierra de muerto!. La cogen así, ¡mira ve!, en tu nombre pronuncian unas palabras cabalísticas “¡orates frates ya te fregates!”, la llenan en una bolsa, ¡mira ve!, y después la riegan en el corredor y quicio de tu puerta, así, ¡mira ve!, para que la pises, ¡y una vez que pizas la tierra de muerto!, todo mal te llega. Yo puedo curarte, ¡mira ve!, sólo tienes que visitarme en el hotel para leerte la mano, para leerte las cartas, para hacerte una limpieza, para entregarte un amuleto que te proteja de los malos espíritus, ¡mira ve!, porque así como hay  buenos espíritus también hay malos, ¡son el mismo diablo!, ¡mira ve!. Y si quieres que tu mujer o tu marido te declare con quién te traiciona, ¡mira ve!, sólo tienes que coger su zapato izquierdo, ¡mira ve!, así ¡mira ve!, y lo colocas en el pecho izquierdo, mientras duerme, y lo preguntas, ¡mira ve!. Pero eso sí, para que surta efecto yo te voy a dar un polvo para que tome antes que se duerma, ¡mira ve!, es el polvo de la sabiduría; disuelves el polvo en el té o en la sopa y le das, ya tú tienes que ingeniarte cómo lo haces, yo no te voy a decir todo, ¡pue!, usa tu cabeza. Y si tu marido te hace sufrir, es porque todavía no has logrado amansarlo, ¡tienes que amansarlo!, pero no como se amansan a los animales, ¡así no!, tiene que ser con inteligencia, ¡yo tengo la solución!.

Era uno de esos curanderos que recorren las fiestas patronales, con tarjetas y propaganda impresa promocionándose, que son espiritistas, parasicólogos y más, y hasta difunden propaganda por las radios locales. Era uno de esos que leía la suerte en las barajas, en la mano izquierda y hasta en la mirada, uno de esos curanderos que sabía de todo y que resultó en el oficio obligado por la necesidad con el espaldarazo de la casualidad; llevaba con él a un hombre robusto de mediana estatura que luego de untarse con un sebo se acostaba sobre vidrios molidos, y además, se atravesaba los labios y la cara con agujas de diferentes tamaños, y hasta caminaba sobre carbones de leña al rojo vivo. La madre de celidonia se le acercó y le dijo:
–Quiero amansar a mi yerno.
Aquí está la plata, se dijo el curandero, y citó a la recurrente para una consulta en privado en el hotelillo del pueblo.
–Tienes que traer a tu yerno –impuso el brujo.
–¿Usted créiste?, ese no va a venir, mi yerno es uno de esos togaos del pueblo, togao y palangana, ¡yásque va venir! –contestó la mujer.
–Entón, tienes que traerme una foto de él, tengo que hacer un muñeco de cera a su imagen y semejanza.

Al siguiente día, por la tarde, ni corta ni perezosa la madre de Celidonia llegó hasta el brujo jalando dos carneros y un pavo bajo el brazo, y también, una foto de Fernando dentro de sus senos. Y un día después, por la noche, de acuerdo a lo previamente pactado, se encaminaron hasta la chacra de Fernando. El brujo se armó, para el mal aire, mascando coca mientras fumaba un cigarrillo nacional, y al final de la chacchada se echó un buen trago de aguardiente para iniciar su labor dilapidadora. Extrajo de su costalillo una pequeña escultura de cera negra del tamaño de una mano con la foto de Fernando adherida, y atravesó el conjunto con unas espinas e cabracasha. Luego extrajo del mismo costalillo una botella que contenía una solución aromática penetrante, mezcla de todos los perfumes que olía al mismo demonio, se chupó parte del contenido de la botella y desde su boca chisgueteó la solución sobre la estatuilla y, acto seguido, la enterró en la cabecera de la chacra mientras murmuraba entre narices una oración que helaba la sangre de la mujer.
–Ya está –dijo el brujo–, esta es la primera parte del trabajo, puede o no puede surtir efecto, pero si quieres asegurarlo, tienes que aumentar la limosna.
–¿Qué limosna?.
–Dinero, quinientos soles, ya no te puedo aceptar animales, los buenos espíritus se molestan.

La mujer pensó en su yerno como alternativa de solución, y le pidió al brujo le diera un día de plazo para conseguir el dinero requerido. Fue hasta el yerno fingiendo estar enferma, era el día central de la fiesta patronal, el yerno departía con sus hermanos y demás familiares algunas botellas de vino, mientras Celidonia cocinaba un suculento almuerzo a base de cuyes y gallinas. La mujer llegó acongojada, con el bonete de paja caído a un costado y el pullo de lana de carnero arrastrando por el suelo, disimuló muy bien una supuesta enfermedad entre sollozos y quejidos, y convenció al grupo de fiesteros que terminaron haciendo una bolsa con yapa en beneficio de la salud de la afligida suegra de Fernando, gracias babosos, ya les quiero ver.


Y la buena madre y mala suegra fue donde el brujo, entregó lo pactado y recibió a cambio una bolsa con tierra de muerto para ser esparcida en el dormitorio de Fernando, cuidadosamente, a fin de que él, y nadie más que él, la pisara. En seguida, el brujo entregó a la mujer una botella que contenía una infusión de chamico, una copita, nada más, dentro del café que dices que tanto le gusta a tu yerno. La madre de celidonia tendría que convencer a su hija a fin de que se cumpla al pie de la letra con las indicaciones del brujo, Celidonia echó el grito al cielo, ella no veía la necesidad de hacerlo, su esposo se portaba muy bien con ella, pero la madre dijo:

–¡Qué sonsa eres china de mierda!, lo hago por tu bien, ya hubieras visto a tu marido coqueteando con la Teresa de la tienda de la Plaza, pronto te dejará por ella, ¡ya lo verás!. La otra noche tu marido fue a darle serenata, a cantar como sondo “orines de mi chivato porque los voy a votar, si eso tiene que ser perfume de mi mujer…”, ¡lo hubieras visto!.

Los celos pudieron más y celidonia accedió. Y llegó la desgracia, de la noche a la mañana, decían en el pueblo, el Fernando resultó idiota, seguro que la china mocosa esa quiere estar dale y dale en la cama, el pobre tiene que acceder, ¡qué le queda!, peor pesarían los cuernos. Por eso fue que, apenas se casó con la china esa, dejó de jugar “casino” con los policías y hasta abandonó su vida nocturna en el billar de don Beto, eso y más, oiga usted, dejó de concursar a sus caballos en las fiestas patronales de los pueblos vecinos. Adiós, pues, al gran jinete, bueno, está bien porque ni siquiera reconoció al hijo que tuvo en la calle, Dios se encarga, Dios está viendo todo.

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Resultó idiota, pero no tanto como para no darse cuenta de lo que estaba pasando, y tuvo que subirse al bus para viajar a Chimbote, hospedarse en sus hermanos, ya en uno ya en otro, y hacerse curar con médicos, y no con brujos, ¡pero los médicos! no pudieron curarlo, fue más, resultó paralítico sentado en una silla de ruedas. Se le murió medio cuerpo y más, las manos no respondían a las órdenes del cerebro, y mientras estaba al cuidado de turno de sus hermanos Celidonia consiguió otro marido para que le ayudara en las tareas de campo, porque para eso se tiene marido, sino ¿quién me ayudaría a criar al hijo que tengo del desgraciado!.

Para entonces Modesto, el sobrino huérfano, había terminado la educación secundaria y emigrado a Chimbote, se hospedó en la casa de uno de los hermanos de Fernando y consiguió trabajo como obrero  en una envasadora de pescado. Matizaba su trabajo atendiendo al tío inválido que dejaron de llevarlo a los médicos por cuanto no conseguía mejoría. Aturdidos por la postración de Fernando, los hermanos le hacían mil remedios en atención a los consejos de uno y otro pariente y amigo, sucumbieron al consejo popular y terminaron por llevar al enfermo hasta los brujos que habitaban las viviendas de los barrios marginales de Chimbote. ¿Ya lo sobaron con el cuy?, preguntó uno de los curanderos, ¿ah?, ¡el cuy!, claro, no, todavía. ¡Y lo sobaron!, y conforme lo hacían el cuy iba muriendo, y tan pronto se desvanecía en la mano del curandero lo desolló con el corazón del animal aún latiendo. El curioso examinó al cuy, la radiografía del cuy no falla, ¡oh!, miren, aquí en la nuca hay un coágulo, necesitamos disolverlo, ¡uy!, éste es un tratamiento largo, tenemos que conseguir la caga de duende, pero dónde aquí en la costa, hay que mandar traer de la sierra. El curandero se refería a esa supuración amarillenta que emana de los vetustos troncos de los árboles serranos, y se hizo todo eso y más, lo pisaron con el San Antonio, con el San Juancito, estatuillas de yeso de santos en miniatura que los hermanos de Fernando mandaron fabricar especialmente allá en la avenida Tacna de Lima, todo eso, y saunas a base de yerbas silvestres y el romero bendito de Viernes Santo, e infusiones de flores, ¡y nada!.
¿Yalu pasaron con los orines del zorrillo, luan corneao con el culo del perro negro?, preguntó una comadrona casi paisana de los Ramírez. ¿Orina del zorrillo?, quién se atreve hacer orinar a un zorrillo en una bacinilla, en cuanto a la corneada con el culo del perro negro, bueno, eso sí, lo hicieron para el mal ojo cuando Fernando era un bebé.

Los Ramírez eran orgullosos, venían de un hogar en el que no sobraba la plata pero tampoco faltaba la comida como para perder la vergüenza. Sus padres mediamente instruidos eran pequeños agricultores y ganaderos, y además, tenderos, eso les permitió entregar a sus hijos educación secundaria completa. Y antes de morir cada quien por su parte recomendó “se han de ver los unos a los otros en las buenas y en las malas”, los padres eran católicos pero solidarios, eso sí, y siguiendo ese ejemplo los Ramírez harían hasta lo imposible por la mejoría del hermano.
Y fue allá, en el arenal del cerro San Pedro de Chimbote, más arriba del cementerio, donde encontraron un curandero de renombrada fama, venía del norte, eso decía, y además decía que era uno de los mejores de salas, en Lambayeque. De salas o de Huancabamba, o no, todos los brujos suelen decir eso, y además agregan que trabajan con los buenos espíritus. Pero la desesperación por ver bien a Fernando hizo que los hermanos de él creyeran todo lo que decía el brujo, así que, el brujo, después de indagar con cada hermano respecto a la vida pasada de Fernando, dijo que lo habían hecho mal feo, mal que le había traspasado tanto porque lo hicieron entre varios, por pura envidia, nada más. Lo envidiaban los yegüerizos, la mujer, la suegra y su familia, la Teresa de la tienda de la Plaza, por celos, porque el que le cantaba “Orines de mi chivato” en serenata, se casó con una mugrienta campesina. En fin, el brujo cobraba bien por aquella curación y por eso la complicaba.


Entonces, el brujo vistió de gala su rústica sala de sesiones curativas y citó a los hermanos y al enfermo para una noche de viernes en ella. Conchas de abanico, conchas de caracoles marinos, perfumes penetrantes, varillas de chonta, ramilletes de romero, crucifijos y tantas otras cosas raras componían la mesa espiritista extendida en el piso sobre una manta con motivos incaicos. Los Ramírez se apostaron alrededor de la sala, sentados en el piso, y cuando el viejo reloj de pared marcaba la media noche se inició la sesión, con un rito entre las narices del brujo y con la luz completamente apagada. Al tanteo y dentro del miedo apoderado de Fernando y sus hermanos, el brujo de desplazaba con una concha de caracol en la mano acercándola al oído de los asistentes a fin de que pudieran escuchar el sonido de brisa de mar que la concha emitía. Es el mal aire, explicaba el brujo a cada uno, y ¡sí que se escuchaba!, aunque cualquiera lo dudaría, pero dejaría de dudarlo si se hace de una caracola y la coloca con la abertura al oído. Luego de la caracola, el brujo se aproximaba a cada uno con una botella de penetrante perfume para después de defecar, vertía un poco del contenido en una valva de abanico y obligaba a cada asistente a inhalarlo, la inhalación les producía estornudos y náuseas, era lo que el brujo llamaba primera limpieza. En seguida obligó a beber a cada uno de los asistentes un vaso lleno de una cocción de San Pedro, un cactus alucinógeno que crece en las partes bajas de la sierra, y después de esta segunda limpieza ordenó que se concentraran en sus posibles enemigos, y preguntó a cada uno de los asistentes:
–¿Qué ves?.
Todos respondían describiendo lo que veían, ya a la mujer de Fernando, ya a la suegra, ya al mejor yegüero del pueblo.
–Yo veo –dijo el brujo–, veo a Fernando pisando tierra de muerto, y además veo a un brujo malero que está enterrando un muñeco de cera y una foto de Fernando, traspasados con muchos alfileres.

La sesión terminó a las cinco de la mañana, con caldo de gallina incluido, el brujo cobró mil soles por al ceremonia y agregó que tendrían que desenterrar aquel muñeco a fin de que Fernando se curara. Y acordaron para el próximo viernes el desentierro del supuesto muñeco, que según afirmaba el brujo, se encontraba enterrado por ahí nomás, a la vuelta, justo en la falda del cerro Cambio Puente.
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Y llegó el esperado día frío de viernes de julio, y partieron en un taxi a eso de las diez de la noche rumbo al lugar del entierro, pero esta vez no llevaron con ellos a Fernando, solamente fueron los seis hermanos más el sobrino Modesto. El brujo lo había preparado todo, el muñeco de cera negra atravesado por alfileres, la solución penetrante de perfumes y una botella con aguardiente para el frío. El brujo cogió la barreta y la introdujo en el suelo de la falda del cerro para ordenar que ahí cavaran, mientras él se armaba con un bolo de coca que remojaba de cuando en cuando con aguardiente. Hubo un momento en el que el brujo abandonó el grupo para defecar, regresando al rato, luego Modesto hizo lo mismo, y en el trayecto, ya de regreso, la luz de su linterna de mano tropezó con el muñeco de cera tirado en la arena, ni tonto ni nada, Modesto guardó el muñeco entre sus ropas y se unió al grupo excavador.
–¡Ya está bien! –ordenó el brujo–, ¡retírense!, no sea que malogren al muñeco.

Y se aproximó al foso, disimuladamente buscó entre los bolsillos de su chaqueta en afán de encontrar al muñeco, qué muñeco ni qué nada, el muñeco estaba a buen recaudo en el bolsillo de Modesto.

–Nos ha madrugado el enemigo –dijo el brujo, desanimado–, ahora la cosa se complica.
Y la cosa se complicó, pues, pero para él, Modesto no tenía un pelo de tonto, pero, cómo explicar lo sucedido a sus tíos, modesto estaba seguro que lo recriminarían, ellos habían tomado el asunto muy en serio. ¡Uy!, no sólo se le complicó el asunto al brujo, también a mí. El brujo sacó sus conclusiones: si mañana no encuentro el muñeco es porque este mocoso de mierda lo ha encontrado, pero si es así, me va tener que pagar.

Al siguiente día el brujo inició la búsqueda del muñeco ¡y no lo encontró!, entonces no había duda, Modesto se había burlado de él, pero lo pagaría, y muy caro, así que el brujo armó una estratagema. Fue a buscar a los hermanos de Fernando y los convenció para una segunda sesión en la que indagarían por el paradero de la estatuilla de cera, para luego hacer hasta lo imposible a fin de desenterrarla para que Fernando recobrara la salud. Pero tendríamos que hacer la sesión otro día, porque el enemigo nos está persiguiendo, hablaré con mis colegas para que ayuden con sus rezos a la media noche, tendremos que vencer al enemigo, será el día martes.

Y el martes a la media noche, después de los perfumes y brebajes de estilo.

–Veo que uno de ustedes tiene el muñeco de cera –dijo el brujo.
 Modesto se desplazó sigilosamente en la sala hasta llegar a la silla en la que se encontraba Fernando y entre sus piernas depositó el muñeco de cera.
–¡Religión y brujería la misma putería! –exclamó Fernando.
Fernando, medio idiota como se le notaba, lo sabía todo.

El brujo prendió la luz y Fernando exclamó: ¡Quítenme esta porquería de aquí!.

El brujo murmuró un rezo exótico mientras se hacía de la estatuilla, pensó que Modesto era el autor de todo eso y empezó a urdir estratagemas con la estatuilla en las manos y le vino una diabólica idea.
–Falta la fotografía –dijo.
–¿Y ahora? –preguntaron los hermanos al unísono.
–¡El enemigo está aquí! –enfatizó el brujo.
–Usted será, pues –replicó Modesto.
–¿Eres tú! –acusó el brujo a Modesto.
–Está usted muy co…
–¡Calla, sobrino!, vete a la casa –amonestó el mayor de los hermanos.
–Al contrario, que se quede. Qué, ¿no ven que el enemigo se está apoderando de él?. Si se va se fregó –dijo el brujo y luego preguntó a Modesto:
–¿Te has acostado con una mujer, mejor dicho, sabes qué es tener mujer?.

Por toda respuesta, Modesto se sonrojó.

–No te preocupes, eres aún un muchachito inocente, justo lo que necesitamos para encontrar la foto de tu tío –Maquinó el brujo.
Y los hizo saber a todos que el próximo martes irían hasta allá al cerro Cambio Puente, pero esta vez llevarían con ellos a Fernando, pero ¡eso sí!, ustedes los mayores no podrán ir, ustedes saben, ya no son inocentes. Me llevaré a Modesto y a Fernando, es lo que quieren los buenos espíritus.

Y para el siguiente martes lo preparó todo, cobrando por adelantado, qué fotografía ni qué nada, ya vería como lo justificaría, por ahora sólo interesa el mocoso ese y lo que estos serranos me pagan, ¡qué gasten pues!, tanta plata que ganan en la pesca, dicen que tienen su propia lancha, ¡carajo!. Además de la botella con fuerte perfume preparó dos contundentes botellas con limón y aguardiente, y a una de ellas le agregó un macerado de semillas de chamico ¡y a la alforja!.

La media noche estaba nublada y lloviznaba, el brujo cogió una de las botellas y la entregó a modesto, ¡salud muchacho!, me gustas por valiente, ojalá tu tío resista y no se duerma, dijo, y se tomó un poderoso trago de la botella que separó para él, y luego la recostó arriba del hoyo. ¡Toma pue muchacho!, y cava mientras cago, obligó, pero Modesto sólo aproximó la suya a sus labios con mucha desconfianza, la simple idea de beber le aterraba, luego acomodó la botella arriba del hoyo, cerca de la del brujo.

–¡Alto, carajo! –se escuchó una voz y luego un disparo de revólver–, ¡la policía!.
–¡Religión y brujería la misma putería! –gritó Fernando.

El muchacho se quedó paralizado, el brujo se subió los pantalones cagándose de miedo, y muy de prisa cogió la alforja y la botella y emprendió veloz huida. La policía los había seguido creyendo que se trataba de huaqueros, y una vez junto al muchacho éste los informó de todo. Ayudaron al muchacho subiendo al enfermo al patrullero y lo llevaron hasta la casa de uno de los Ramírez. Y ya de día, en reunión familiar.
–¡Seguro que tú!, llamaste a la policía, te conozco, tú malograste todo –culpó el menor de los Ramírez a Modesto.
–¿?.

Y sin pérdida de tiempo fueron a buscar al brujo, todavía no se ponían de moda los celulares en el país, y el chamán no contaba con teléfono fijo, nadie en esa zona marginal. No lo encontraron, qué lo iban a encontrar si en cada golpe que daba se hacía el desaparecido, como buen norteño había escuchado tanto esa canción “Pancho Villa” cantada por Aceves Mejía que una vez más la ponía en práctica, “¡y ay viene pancho Villa!, ¡con Juana Gallo en la silla!”. En San Pedro comenzó su carrera de bandido. La mujer del brujo amenazó con denunciar la desaparición ante la policía preocupando a los Ramírez, y estos, especialmente el menor, se desquitaban con Modesto. Después de dos semanas la mujer del brujo llegó hasta la casa de uno de los Ramírez en la que se hospedaba Fernando.
–¿Qué han hecho con mi marido que está como idiota?, ¿ah?, hoy sí se han jodido con nosotros, ¡por esta luz divina nos van a pagar muy caro!, todos ustedes se van arrastrar como animales –amenazó y se largó, y el miedo se apoderó de los Ramírez.

Qué, pues, iban hacer, nadie hizo nada, el brujo, lleno de miedo se tomó toda la botella que había preparado para modesto, la parálisis lo esperaba.

–¡Religión y brujería la misma putería! –exclamó Fernando.

¡Nos jodimos!, dijeron los Ramírez, esa mujer es capaz de todo, se reunirá con los colegas de su marido y sabe Dios qué harán con nosotros, hasta pueden convertirnos en animales.
Y en el pueblo de origen se comentaba el trágico destino de Fernando, que había sido embrujado por su suegra, eso decían, claro, pues, si la vieja esa es bruja, y de las buenazas, por las noches se convierte en puerca y sale por las calles del pueblo con la panza arrastrando y meneándose pesadamente mientras atisba a la gente. ¡Dios nos libre de esta bruja!. Ya la vez pasada, después que se casó Fernando, la bruja se reunió con otra bruja y fueron hasta la cueva de Cuchina para bañarse con el agua del alikán a fin de convertirse en grullas cantoras “¡De villa en villa!... ¡de villa en villa”, y en la noche volaron de villa en villa en busca del diablo hasta donde recibieron noticias de él. En la quebrada se desnudaron y apareció el diablo en forma de chivo con la verga al aire sacando chispas. El diablo las brincó a las dos, salía candela de los culos de las brujas “¡más, más, amor mío, entrégame tu semen!”, repetían, y cuando el diablo quedó satisfecho las brujas de mierda recogieron el semen para poder matar con solamente mencionar el nombre de la persona que quieren que muera, ¡ay!, oígaste, ¡qué miedo!.
En extremo afán ponía Fernando a sus hermanos, pues tenían que cucharearlo, practicarle el aseo, y además, soportar su mal genio que le venía por impotencia, mal genio que terminó por aburrir al menor de los Ramírez.
–¡Avisa cuando quieres cagar, cojudo!, ya me estás cansando ya.
–Mátame pue cojudo si estás aburrido –contestó Fernando.
Iracundo, el hermano, abandonó el dormitorio, Fernando lo siguió con la mirada hasta que se perdió por la puerta. Aquel hermano menor se iba de esa manera olvidando los hermosos momentos vividos, cuántas veces lo protegí, lo amé con amor de padre, y ahora que yo estoy como él estuvo alguna vez, indefenso e impotente, me trata así, ahora soy como un niño, como él fue bajo mi cariño y protección. ¡Dios mío!, si tú me estuvieras viendo no dudarías en recogerme. Qué puedo hacer, si estas manos obedecieran cogería un cuchillo y me eliminaría. ¡Ayúdame, Dios Padre!, quiero que esta despedida sea más que lo más hermoso que me haya sucedido. Es horrible sentirse huérfano, cómo no he de sentirme así si me siento impotente y humillado por los que más amé y aún amo, si volvieran aquellos primaverales días de mi vida todos en mis muslos se sentarían. Modesto, sobrino mío, cuanto dolor lacera mi pecho y tortura mi alma al recordar el día aquel que tuve que prescindir de ti, pobre de mí, altanero entonces, y complacedor de los apetitos terrenales, si tendría que arrodillarme ante alguien, sería ante ti, sobrino mío.
Y ahora sí, se había decidido a partir, devolvía los alimentos que lo cuchareaban. El hermano menor aburrido de soportarlo le regaló una bofetada, fue el primero en convertirse en animal, pero no por obra de la mujer del brujo, y él, Fernando, lo miró con los ojos llenos de lágrimas suplicando favor, le pedía que lo dejara morir en paz, había iniciado una marcha sin retroceso.

Y lo subieron al asiento trasero de un taxi hasta el paradero de autos que iban a Trujillo, ahí lo internaron en un Hospital. La mirada de Fernando se clavó en la puerta de entrada de aquel cuarto de hospital donde pasaría sus últimos días, las visitas entraban y salían, y aquella mirada buscaba ansiosa un rostro conocido, no al uno ni al otro de sus hermanos, tampoco a ninguno de los tantos familiares que llegaban a visitarlo, él los veía pero fingía no darse por enterado.
Los médicos intrigados por aquel horrible mal infirieron que podría haber sido causado por un huevo de tenia alojado en el cerebro, infirieron, nada más, pero no lo evidenciaron con el diagnóstico no obstante las múltiples radiografías, tomografías y todo eso que ordenaron los médicos. ¡Cisticercosis!, no hay otra explicación, este serrano ignorante ha comido carne de puerco y se ha jodido solo, en la sierra los puercos se alimentan con porquería humana. Así que, mientras lo mantenían con vida acordaron que deberían destaparle el cráneo para observarlo en directo. Y lo destaparon, pues, sin remordimientos ni ética ni nada, lo destaparon como si se tratara de un objeto. A  Fernando le era indiferente lo que pudieran hacer con él, sólo sabía que tenía que resistir hasta que llegara el muchacho aquel, único hijo de su única hermana que murió después de dar a luz a ese sencillo y no rencoroso muchacho que él un día se vio obligado a echar de casa, murió la hermana sin que de su boca saliera el nombre del padre de su hijo, que fue el buen hombre aquel que los Ramírez mataron a patadas una noche de fiesta patronal.

Con el cráneo destapado y sin visitas ya, su mirada fija en el marco de la puerta del cuarto de hospital, era de pena, de nostalgia demoledora y sin fin. Y por fin apareció Modesto, después de un mes, Fernando sonrío mirando la aparición…, después sus párpados cayeron y ya, eso fue todo, mientras los ojos del sobrino rodaban en un mar de inconsolables lágrimas. 

Por: Walter Elías Álvarez Bocanegra
Publicado el 24 de enero del 2013 a las 03 horas 28 minutos en la revista www.pulso-digital.com/...treta-del-brujo...walter-elias-alvarez-bocanegra
http://www.pulso-digital.com/
http://bocanegra5.rssing.com/chan-9250632/all_p1.html

jueves, 29 de septiembre de 2016

Monólogo interior


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Trataré de no hablar mal de su padre. Me resigné a quedarme sólo con mi hija mayor, así hubiera sido, ¿hombres para eso?, se consiguen a montón, pero cómo sabe una que lo van hacer bien. Ya estaba resignada, jamás volvería con él, pero un día que iba con mi amiga vi a José y se me ocurrió, “mira, ese es el padre del hijo que espero”, ella lo miró y suspiró, le hizo tantos halagos sin conocerlo, que yo decidí buscarlo, y volví con él, me casé y decidí dejarlo otra vez, le pediría una pensión, pero renunció a su empleo y no me quedó más que ir con él. ¡Y vino mi segunda hija!. Cuando consiguió de nuevo empleo lo demandé por la pensión y lo hice para separarme definitivamente de él, seguro que no lo quería, claro, no lo quería, sino no me hubiera venido de la sierra ni lo hubiera denunciado, yo dije ahora me pide el divorcio, tampoco le hubiera dado, para qué si no he pensado casarme de nuevo, así nomás, todos son iguales menos el que una escoge. Claro, no lo quería pero volví con él con tantos hombres que me buscaban, y me buscan todavía, hasta mis primas me animan. Pero ahora que han pasado tantas cosas siento que lo necesito para que me ayude a cuidar a las niñas, ya no quiero saber nada con mis padres peor con mis hermanos, y también lo necesito porque quiero tener un hijo hombre, hombre hubiera sido la primera, ahí quedaba definitivamente. Le conté mi vida privada y me comprendió. La culpa fue mía por querer estar siempre junto a mis padres, quería que mi mamá tenga todo lo que no ha tenido, su dormitorio con baño... Propina para las chelas de mi papá, para mis hermanos. ¡Me arrepiento!, ahora en la casa todos están contra mis hijas y también contra mí, mis hermanos meten candela, y es que cuando llegaba José no le daba importancia, para que vean lo dejaba ahí afuera como perro. Qué creerán, ¿qué me voy a quedar en su casa?. Tendré que salir, mis hijas pronto crecerán, son hermosas, ¡el papá!, ojalá lleguen a ser algo bueno para yo poder tener otra vida, me gustaría que se vayan al extranjero y me lleven, las estoy cultivando, cuando pasa una camioneta 4X4, último modelo, ¡esa camioneta me gusta!, les digo, no te preocupes mamá cuando crezca te voy a comprar una, me repiten. La chacra donde viví, sí, la extraño. Gastó todo el dinero que le dieron en un año, no previno, creo que lo hizo a propósito, así no me quedaba más que seguir con él batallando hasta salir de la pobreza, yo ¿porqué, pues?, soy profesional, ahora gano bien, puedo tener el hombre que quiera, me gusta mi trabajo, soy inteligente, aunque José nunca reconoció, ¡me da rabia!, como me hubiera gustado verlo cocinar y lavar para nosotras, ¡porqué no!, si mis hermanos lo hacen, yo les doy su propina, igual le hubiera dado a él. Qué hay que hagan los hombres y las mujeres no puedan, ¡los trabajos brutos!, nada más. Viajo constantemente y lo disfruto, disfruto cuando se acercan a mí a pedirme algo, no ayudo a nadie, porqué pues, sólo a mi hermana, claro que descuido a mis hijas dejándolas con mis padres, talvez por eso se habrán aburrido, por eso quise que el sinvergüenza de su padre venga y se fue. Su familia por parte de su madre, ¡ufff!, se creen hacendados, doña Eugenia y don Victorio, ¡la muerte!, y todo porque uno de sus antepasados lo fue, don Santiago es el único que salva el capote.  La madre de José, mandona y muy regañona, siempre discutía con su hijo, yo no le daba importancia, la paraba en seco, pero, muy inteligente y trabajadora, a ella le hubieran educado, ¡dónde estaría!. Después de todo, José sí, ¡fue un hombre!.

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–¿Ya murió?. Mejor pue que se haya muerto. ¿No te hacía sufrir tanto?, te dejó con tus dos hijas, no te ha ayudao en nada, y yo fregada cocinando, lavando para ellas, te haría la brujería seguramente, sino porqué pue lo seguiste hasta la chacra donde no hay auxilio de nada. Se daba de mucho, nos miraba desde arriba, paqué un hombre así. Ahora tú feliz con tus hijas, quién como tú, gracias a mí, pue.
–Ya mamá, ya, por favor.

viernes, 16 de septiembre de 2016

El cuento del hijo

La mañana de un día domingo, mientras José tomaba la ducha en su apartamento de soltero que le había conferido la Empresa, oyó una acalorada discusión entre una mujer y el guardián del complejo habitacional. Terminado el baño levantó la cortina de la ventana para mirar. La Negra, la meretriz era la protagonista, apostada estaba en la puerta principal con una criatura en brazos, de día claro y con sol se le veía como una mujer de treinta y tantos años.

–Está prohibida la entrada a las mujeres –sentenció el guardián.
–Es,... que yo soy la mujer de José –respondió la Negra.
–¡Mentira!, José no tiene mujer, además te conozco, trabajas en la ranchería.
–¿Cómo te atreves?, espera a que sepa mi marido, me ha pedido que venga con el bebé para que me entregue la pensión.
–¡Veremos!.

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El guardián caminó hasta la habitación del supuesto marido, tocó a la puerta y llamó insistentemente, pero José no respondió. Entretanto algunos habitantes del campamento que por ahí se encontraban se aproximaron a la Negra, la meretriz mostraba a todos el pequeño hijo mientras ellos disimuladamente se codeaban. Nada que ver, y las cejas qué, bueno tal vez. Después de una hora por fin abandonó el lugar.

Durante toda la semana en curso José buscó iracundo  a la meretriz por toda la ranchería del mulle, a la par soportaba las chacotas de sus compañeros de campamento.  ¡Ponla a trabajar pue compadre, y no cobres a los amigos!.

–Sé que andabas buscándome. Dos años que no te veo.
–Estuve cuidando a nuestro hijo –respondió la Negra.
–¿Nuestro hijo?.
–¡Claro, pue!, y no te acuerdas, tengo un hijo tuyo y necesita comer y vestirse, pero tú ni un tarro de leche, ni siquiera te has preocupado por buscarnos.
–Yo nunca he procreado un hijo contigo.
–¿No te acuerdas?, fue en el hotel del malecón, estabas borrachito. ¿Te acuerdas que te encontré en “El Copacabana”.
–¿Bromeas?.
–No es broma, si no me das la pensión por alimentos, la próxima semana conversaré con la asistenta social de la Empresa donde trabajas.
–¡Escucha!, no podemos hablar esto aquí, vayamos al hotel del malecón.
–Claro amorcito, vamos, al mismo cuarto, ¡qué romántico eres!.

–Espera, primero fijemos lo de la pensión –propuso él.
–¡Eso lo arreglamos haciendo el amor! –contestó la mujer mientras se quitaba afanosamente la ropa, y sus aceitunas y amorfas carnes se iban descolgando. Luego se dirigió con lento bambolear hacia su víctima, él disimuladamente cogió el arma que llevaba camuflada en sus ropas, cuando la fémina se lanzó a la acción amatoria José encañonó en la frente de la mujer. Inicialmente ella se aterrorizó, pero luego se sobrepuso.
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–Deja ese juguete, amorcito –pidió sonriendo, la Negra.
–Te he buscado toda la semana para matarte, por haberme dado un hijo falso.
–¡Es tu hijo! –refutó la Negra.
–¡Las putas venden su cuerpo y en la venta no procrean hijos!.
–Es que yo,... he querido tener un hijo tuyo, ¿acaso no puedo enamorarme?.
–¡Apestas, me das asco!, ¿cómo crees que voy a soportar tener un hijo contigo?.
–¡Sólo los borrachos como tú, apestan!.
–¡Y las putas como tú apestan en cuerpo y alma!.
–¡Si no me das la pensión te juro por mi puta madre que hablo con la Asistenta, y si no me escucha te denuncio!, no sólo por la pensión, también por intento de homicidio –amenazó rabiosa.
–No hay intento de homicidio. Observa bien, mira como descargo el revólver. Una... dos... tres... cuatro, cinco, seis; son seis balas –tranquila y lentamente descargó el treinta y ocho,  contando una a una las balas.
–Papito, me has hecho una broma muy pesada, me asustastes –interrumpió la fémina.
–Ahora observa. Voy a cargar una sola bala. ¡Bien, ya está!. Giro el tambor de tal manera que ya no sé dónde se encuentra, en seguida te coloco el cañón  en la frente, y si gritas disparo. Ahora dime: ¿dejarás de molestarme? –preguntó fríamente el hombre, con el mortal y helado hierro rozando la frente de la sorprendida Negra.
–No digas tonterías, ¡oye!, no lo hago por mí, es por nuestro hijo –respondió temblando la mujer, tratando de serenarse en lo posible.

El rostro de José se transformó al escuchar el ardid, ¡y apretó el gatillo!, providencialmente el proyectil no salió, y volvió a preguntar decidido a terminar con aquel bochorno.

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–¿Dejarás de molestarme?.
–¡Sí!, ¡nunca más lo haré! –respondió la mujer.
–¿Recuerdas al homosexual que peleó con su marido? –inmediatamente volvió a preguntar, y ella respondió afirmativamente con la cabeza.
–Me da gusto que lo recuerdes, ahora soy el  marido.

Lo dicho por José infundió un miedo infernal en la mujer. Y, ante la mirada nerviosa de ella volvió a cargar pacientemente el revólver, le ordenó que se vistiera y la sacó por delante, abandonándola en la puerta principal de aquel camuflado burdel.

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–No es así, güevón. Era su hijo, la Concha de Fierro sabía. ¡Me vas a decir a mí!. Yo lo aconsejé para que salga del paso. Yo, ahí esperando, sino, ¿crees que lo hubiera hecho?. Muy ingenuo y miedoso, el cojudo. Cualquier problema lo mandaba al suelo. ¡Güevón!. Además se enamoraba de cualquier cochinada, ¡hasta de los maricones!, ja ja ja, mejor no te cuento. Yo he tenido mejores hembras que él, ¡y sigo!. No es así como dices.
–Bueno, así está.
Así está qué. ¡Anda güevón!, mejor dame tu carro paque lo laven, está recontra cochino.
–No puedo, me han invitado al Viernes Literario y tengo que ir.
–(..., güevadas, carajo, ...)

Desde entonces la Negra dejó de asistir a su centro habitual de trabajo, se le veía por las noches ofreciendo sus servicios en un céntrico bar, a toda luz, a una cuadra de la Comisaría Central de Policía.